XXXV Congreso de Comunicación y Salud
7, 8 y 9 de mayo 2026
Acercarse al caso de una paciente que solicitó la eutanasia a su médica de Familia y Comunitaria.
Mujer de 59 años, diagnosticada de un cáncer de esófago metastásico. A nivel social, destacaba que no tenía padres, hijos, hermanos y su único vínculo con la comunidad es un «amigo especial», sin ser catalogado de pareja. En su juventud, fue catequista y vivió el fallecimiento de su madre como «agónico y un encarnizamiento terapéutico feroz». Finalizó su etapa laboral como celadora en la urgencia de un hospital, donde estuvo muy en contacto con la muerte.
Tras el diagnóstico, y haberle explicado la posibilidad de tratamiento activo para frenar el tumor, la paciente decidió no quererlo pues prefería «vivir menos pero con mejor calidad de vida», por lo que solicitó a su médica de Familia y Comunitaria la prestación de ayuda a morir, la cual aceptó.
Durante el proceso, la paciente estuvo muy acompañada por el equipo del Centro de Salud. Durante las entrevistas múltiples mantenidas, donde se abordaron temas biológicos como existencialistas, se evidenció una soledad no deseada muy llamativa, marcada por una personalidad frágil y ciclotímica. Tramitó dos veces la eutanasia (la primera vez fue anulada porque «no se veía tan mal») y aunque se contaba con la aceptación del Comité de Garantía y Evaluación, el tumor acabó ganando la partida.
La experiencia de acompañamiento en este proceso para un profesional sanitario es una de las más impactantes y de mayor carga emocional que existen. No obstante, lejos de generar ansiedad o malestar, la emoción final que queda es de sosiego. Es una consulta sagrada.
Compartir esta experiencia ayuda a vislumbrar que necesitamos formación acerca de esta prestación, se sea objetora de conciencia o no y manifiesta que el proceso comunicativo (tanto verbal como no verbal) adquiere su máximo exponente.